sábado, 27 de junio de 2026

En 1883, un astrónomo observó cientos de ovnis cerca del Sol

En agosto de 1883, el astrónomo mexicano José Bonilla fotografió una armada de objetos no identificados desfilando frente al disco solar. Ridiculizado por París, ignorado durante un siglo, sería finalmente reivindicado por la ciencia moderna, que revelaría que la Tierra estuvo quizás a punto de sufrir una destrucción total aquel mismo día.

Una mañana ordinaria en el observatorio del desierto

El 12 de agosto de 1883, José Árbol y Bonilla, director del Observatorio Astronómico del Estado de Zacatecas, preparaba su instrumento para una sesión de observación de las manchas solares. Nada presagiaba lo extraordinario. El cielo estaba despejado sobre la meseta alta de Zacatecas, a 2 400 metros de altitud, y la luz de la mañana era nítida. El propio observatorio era una institución joven: inaugurado el 6 de diciembre de 1882 — apenas nueve meses antes —, era el primer gran observatorio mexicano fundado fuera de la capital. Bonilla era su primer director, hombre de rigor científico formado en fotografía celeste durante una estancia en el Observatorio de París.

Entonces aparecieron los objetos.

Oscuros, nebulosos, recortándose sobre el disco blanco del sol, cruzaban el campo del telescopio en grupos sucesivos. Bonilla los observó, los contó, los dibujó, anotó con precisión la hora de su entrada y salida del fondo solar. Algunos pasaban solos; otros llegaban en racimos de quince a veinte a la vez. Su velocidad era variable — una fracción de segundo a un segundo completo para atravesar el disco —, sus formas, alargadas y borrosas, resistían toda clasificación. El astrónomo tomó una decisión: fotografiar.

Utilizando el procedimiento de las placas húmedas al colodión — la técnica fotográfica de vanguardia de la época, que dominaba desde su paso por París —, Bonilla expuso sus placas a una centésima de segundo, al ritmo frenético de la aparición de los cuerpos. Este trabajo se extendió durante dos días: el 12 de agosto contó 283 objetos distintos; el 13, otros 164 le siguieron. En total, 447 entidades atravesaron el sol en menos de tres días y medio de observación. Ningún otro observatorio en el mundo — ni Ciudad de México, ni Puebla, ni ningún puesto europeo — notificó nada análogo.

El silencio de Bonilla, la condescendencia de París

El comportamiento de Bonilla tras la observación es en sí mismo digno de mención. El astrónomo no cedió a la tentación del sensacionalismo. Registró escrupulosamente lo que había visto, archivó sus placas, copió sus notas — y guardó silencio. No propuso hipótesis explicativa alguna. No invocó meteoros, ni fenómenos atmosféricos, ni ninguna categoría preestablecida que le hubiera permitido cerrar ordenadamente este incómodo expediente.

No fue hasta dos años y medio después de los hechos que Bonilla se resolvió a enviar su informe a Camille Flammarion, fundador y director de la revistaL'Astronomie, publicada en París desde 1882. Flammarion era en aquel momento una de las figuras más influyentes de la divulgación científica europea — autor deAstronomie populaire, publicada en 1880, fundador en 1887 de la Société astronomique de France, personalidad inclasificable en la frontera entre el racionalismo y el misticismo. Fue él quien recibió el documento de Zacatecas.

La respuesta de París se publicó el 1 de enero de 1886, en el primer número deL'Astronomiepara el nuevo año. Fue demoledora. La redacción propuso que los objetos fotografiados por Bonilla eran, con toda probabilidad, aves migratorias volando a gran altitud, o insectos posados sobre el objetivo del telescopio. El argumento era ingenioso a su modo: si los cuerpos se encontraban a pocos centímetros de la lente — y no en el espacio —, su presencia sólo habría sido detectable desde Zacatecas, lo que explicaría la ausencia de cualquier observación simultánea en otro lugar. Bonilla rechazó esta interpretación. Pero no insistió. No tenía una contrahipótesis que ofrecer, y la revista parisina había pasado a otras cosas.

Durante ciento veintiocho años, la observación de Zacatecas permaneció como lo que los astrónomos llaman unacuriosidad sin explicación— un hecho documentado, huérfano de sentido.

La reivindicación desde la UNAM: un rozamiento cometario

En 2011, tres astrónomos de la Universidad Nacional Autónoma de México reabrieron el caso. Héctor Javier Durand Manterola, del Instituto de Geofísica, María de la Paz Ramos Lara y Guadalupe Cordero publicaron en arXiv, la plataforma abierta de preimpresiones científicas, un artículo titulado:Interpretation of the observations made in 1883 in Zacatecas (Mexico): A fragmented Comet that nearly hits the Earth.

Su método era geométrico. Explotando un dato simple — los objetos sólo habían sido observados en Zacatecas, y no desde Ciudad de México ni desde Puebla, situadas a varios cientos de kilómetros —, los investigadores calcularon la distancia máxima a la que podían encontrarse los cuerpos para permanecer invisibles desde esos otros dos puntos. El resultado fue vertiginoso. Los objetos que Bonilla fotografió no estaban en la alta atmósfera. Tampoco a mitad de camino del Sol. Rozaban la superficie de la Tierra.

Según los cálculos de Durand Manterola y sus colegas, los fragmentos pasaron a una distancia de entre 538 y 8 062 kilómetros de la superficie terrestre. Para calibrar esta proximidad: la Estación Espacial Internacional orbita a unos 400 kilómetros de altitud. Estos objetos rozaron la Tierra en el sentido más literal del término — dentro del cinturón orbital bajo, a una altitud que la propia humanidad no alcanzaría hasta setenta y ocho años después.

Las dimensiones estimadas de los fragmentos son igualmente inquietantes: entre 46 y 795 metros de anchura, entre 68 y 1 022 metros de longitud. La masa individual de los cuerpos habría oscilado entre varios cientos de millones y varios billones de kilogramos. La masa total del objeto progenitor — antes de su fragmentación — habría sido comparable a la del cometa Halley, quizás varias veces superior.

La analogía Shoemaker-Levy y el cometa que no impactó

El precedente científico más esclarecedor es el del cometa Shoemaker-Levy 9. Descubierto en marzo de 1993 por los astrónomos Carolyn y Eugene Shoemaker y David Levy en el Observatorio de Palomar, había sido capturado previamente por Júpiter y se había fragmentado durante un paso demasiado cercano al planeta gigante en julio de 1992. En julio de 1994, sus veinte y tantos fragmentos impactaron sucesivamente contra Júpiter, dejando en su atmósfera cicatrices del tamaño de la Tierra, visibles desde telescopios aficionados en todo el mundo. La energía liberada se estimó en varios millones de megatones de TNT.

Lo que los astrónomos de la UNAM sugieren es que el 12 de agosto de 1883, un cometa de escala comparable a Shoemaker-Levy — quizás más masivo — rozó la Tierra sin que ningún ser humano, salvo José Bonilla, fuera testigo de ello. Si la trayectoria hubiera diferido unos pocos miles de kilómetros, si uno solo de los fragmentos hubiera impactado la atmósfera en lugar de rozarla, los impactos podrían haber desencadenado tsunamis planetarios, nubes de polvo que habrían oscurecido el sol durante años, una extinción masiva. La civilización industrial de la época — en los albores de la Belle Époque, a una década de la Conferencia de Berlín y el reparto de África — podría haber sido aniquilada sin comprender jamás qué la golpeó.

En sus notas originales, tal como fueron reproducidas enL'Astronomiede 1886, el propio Bonilla describió el comportamiento de los cuerpos con una precisión que resulta retrospectivamente escalofriante:«Sus intervalos de tiempo eran variables, un cuerpo al pasar no tardaba más de un tercio, medio segundo, o a lo sumo un segundo en cruzar el disco, y pasaban uno o dos minutos antes de que otros aparecieran — algunos pasaban de 15 a 20 a la vez, de modo que era difícil contarlos. Tracé la trayectoria de muchos de estos cuerpos sobre el disco solar, marcando sus "entradas" y "salidas" en el papel.»

Las fotografías: ¿las primeras imágenes de un OVNI?

Las placas fotográficas de Bonilla, conservadas en los archivos del Observatorio de Zacatecas, ocupan un lugar singular en la historia de la imagen astronómica. Constituyen una de las primeras fotografías de objetos voladores no identificados jamás realizadas. Este hecho, recuperado durante mucho tiempo por la literatura ufológica de la segunda mitad del siglo XX — Jimmy Guieu, Frank Edwards y Henry Durrant lo referenciaron cada uno en obras de muy distinto rigor interpretativo —, adquiere un significado radicalmente diferente a la luz de los trabajos de 2011: los objetos fotografiados eran reales, sólidos, de dimensiones colosales, y se encontraban a distancia casi orbital de la Tierra.

La ufología popular bordó con entusiasmo sobre estas imágenes: naves extraterrestres, formaciones militares secretas, dirigibles desconocidos. Todas estas interpretaciones naufragan ante una misma constatación: en 1883, ninguna potencia terrestre disponía de una flota de 447 aeronaves capaces de orbitar a menos de 8 000 kilómetros de altitud. La verdad, tal como la reconstruyen los astrónomos mexicanos del siglo XXI, es aún más vertiginosa: se trataba de escombros cometarios en tránsito rasante, un rosario de rocas celestes cuya menor unidad superaba la altura de un edificio de varios pisos y cuya mayor rivaliza con los asteroides más grandes del cinturón principal.

Bonilla, hombre de la mesura ante lo innombrable

Quizás lo más sobrecogedor de este asunto sea la actitud intelectual del propio Bonilla. Formado en París en la tradición del rigor observacional, director de un observatorio periférico en una nación que aún buscaba reconocimiento científico internacional, este hombre se enfrentó a lo inexplicable y eligió la única actitud verdaderamente científica: consignar sin concluir. No intentó imponer una explicación. No infló sus cifras. Anotó 283 objetos el primer día, 164 el segundo, describió sus trayectorias, fotografió sus siluetas borrosas, y presentó su informe sin adornos.

La comunidad internacional lo trató con condescendencia. París encontró pájaros donde Bonilla había visto cuerpos sólidos cruzando el espacio a velocidades prodigiosas. La historia le dio la razón a Bonilla.

En 2011, un siglo y cuarto después de los hechos, astrónomos mexicanos — trabajando en el mismo país, en la misma tradición nacional que había formado a Bonilla — releyeron sus notas, rehacieron su geometría, y establecieron que aquella mañana de agosto de 1883, sobre las altas mesetas de Zacatecas, la Tierra había rozado una catástrofe de extinción sin saberlo. El observador solitario que había contemplado el Sol aquel día y había anotado fielmente lo que veía era el único ser humano sobre la Tierra que había sido, en completa inconsciencia, testigo de uno de los mayores frôlements de la historia de nuestro planeta.


Documento de archivo — Extracto del informe de José Bonilla, publicado enL'Astronomie, 1 de enero de 1886

«El 12 de agosto de 1883, en el Observatorio de Zacatecas, observé un gran número de cuerpos oscuros y opacos atravesando el disco solar en direcciones variadas. Sus intervalos eran irregulares, y la duración de su tránsito variaba entre un tercio y un segundo completo. Algunos se desplazaban de forma aislada; otros aparecían en grupos de quince a veinte unidades, lo que hacía difícil su recuento. Tracé en papel las trayectorias de varios de ellos, anotando sus puntos de entrada y salida en el disco. Su naturaleza permanece, para mí, inexplicada.»

— José Árbol y Bonilla, director del Observatorio Astronómico de Zacatecas, México

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