
Un telegrama de la agencia Interfax, rescatado de los archivos desclasificados de la CIA, relata el aterrizaje de un objeto no identificado en un paso de montaña cerca de Ereván, el 4 de agosto de 1991 — quince días antes del golpe de Estado que precipitó la caída de la URSS. La nave permaneció allí casi seis horas, cambiando constantemente de forma, ante la mirada de un pueblo que nunca se atrevió a acercarse.
Eran aproximadamente las nueve y media de la noche de aquel domingo 4 de agosto de 1991, cuando el cielo sobre el pueblo de Atsavan —un puñado de casas aferradas a las primeras estribaciones que dominan Ereván, unos doce kilómetros al sur— se iluminó con un resplandor que nada anunciaba. El objeto, según los testigos entrevistados al día siguiente por la agencia Interfax, descendió en el paso que domina el pueblo y no se marchó hasta las tres de la madrugada. Durante casi seis horas, sus luces centellearon y su silueta no dejó de cambiar — y nadie, en el pueblo, encontró el valor para acercarse.
Un telegrama escapado del silencio de los archivos
El documento lleva un número de expediente seco y anónimo: DOC_0005517731. Hoy reposa en los estantes digitales de la sala de lectura electrónica de la CIA, junto a miles de otros telegramas ya desclasificados — los célebres «archivos OVNI» que la agencia estadounidense ha ido haciendo públicos desde la década de 1990. El formato es el austero propio de los despachos de la época: la mención «UNCLAS» (no clasificado), un número de serie —OW0508195491—, un código de país («USSR») y el asunto, resumido sin rodeos: «UFO Reportedly Lands In Mountain Pass Near Yerevan».
La fuente, en cambio, resulta más enigmática. El telegrama atribuye la información a una agencia llamada «Norutium Service News Agency» —un nombre que no corresponde a ninguna agencia de prensa soviética o armenia conocida. Todo apunta a una corrupción de digitalización: quizás una deformación de «Noyan Tapan», la agencia armenia fundada ese mismo año, 1991, o una transcripción distorsionada de «Novosti». El error —o el misterio— ha permanecido congelado en los archivos durante más de tres décadas, sin que aparezca corrección alguna.
Más curioso aún: el documento termina, tras la anotación final «(ENDALL) BT», con cuatro caracteres en alfabeto hebreo que no cumplen ninguna función aparente en el cuerpo del texto. ¿Un artefacto de escaneo, el residuo de un sello de archivo, o simplemente el ruido técnico de un escáner de los años noventa? Ninguna fuente consultada por El Correo de lo Extraño ofrece una explicación para esta firma fantasma, que cierra el documento con una nota tan enigmática como su contenido.
Atsavan, un paso a la sombra de montañas sagradas
Atsavan no aparece en ningún mapa turístico. El telegrama lo sitúa a doce o quince kilómetros de Ereván — una distancia que, dada la accidentada topografía de Armenia, puede representar una hora de viaje por carreteras en zigzag entre estribaciones volcánicas. La región entera, formada por varios cientos de edificios volcánicos hoy extinguidos, es una de las más inestables de Eurasia: las placas tectónicas de Anatolia y Arabia siguen chocando aquí, dando lugar a relieves abruptos, pasos estrechos y noches de una oscuridad casi total, lejos de toda contaminación luminosa.
A unas decenas de kilómetros al oeste se alza el Aragats, el punto más alto de Armenia desde que el monte Ararat pasó a soberanía turca en 1915. Su nombre, según la tradición recogida por el historiador medieval Movsés Jorenatsí, significaría «el trono de Ara» —Ara el Hermoso, héroe legendario cuyas hazañas todavía rondan los senderos de la montaña. Fue en sus laderas donde se fundó, en 1946, el Observatorio Astrofísico de Byurakan, uno de los grandes centros de la investigación cósmica soviética. Una región, pues, donde la mirada se ha alzado hacia el cielo durante siglos —por razones a veces científicas, a veces sagradas.
Una forma que se negaba a fijarse
La descripción que ofrece el telegrama es breve, pero contiene los dos elementos que, en la literatura ufológica, distinguen a los encuentros más desconcertantes: una luminosidad inestable y una morfología cambiante.
«El objeto permaneció en el lugar hasta las tres de la madrugada, con sus luces centelleando y su forma cambiando — pero nadie se atrevió a acercarse.»
Este tipo de comportamiento —un objeto estacionario, cuyo brillo varía y cuyos contornos parecen reorganizarse en la oscuridad— se repite en numerosos informes recopilados desde entonces por bases de datos como la del NUFORC, o por investigadores que estudian los fenómenos anómalos no identificados. Varias hipótesis se enfrentan: un conjunto de luces independientes volando en formación, percibido a distancia como un solo objeto; un fenómeno de naturaleza plasmática, cuya envoltura luminosa pulsa al ritmo de variaciones electromagnéticas; o, de manera más prosaica, un efecto óptico nocturno amplificado por el cansancio y la aprensión. El telegrama, por su parte, no se decanta por ninguna — se limita a registrar la observación, en bruto, sin comentario ni hipótesis.
Cinco horas y media de quietud compartida
Lo que llama la atención en este breve informe es, más que la aparición misma, su duración. Cinco horas y media —de las 21:30 a las 3 de la madrugada— es un tiempo de exposición considerable para un fenómeno aéreo no identificado. La mayoría de los avistamientos registrados en bases de datos especializadas se cuentan en minutos, a veces en decenas de minutos en los casos más notables. Una presencia de esta duración supone, o bien un objeto verdaderamente inmóvil en tierra, como sugiere el término «aterrizó» empleado en el despacho, o bien una escena colectiva en la que distintos testigos se relevaron desde el atardecer hasta el alba.
Y sin embargo, durante seis horas, nadie en Atsavan cruzó la distancia que separaba el pueblo del paso. Los informes de avistamientos prolongados suelen ir acompañados, en la literatura especializada, de una suerte de estupor colectivo — una reticencia que va más allá de la simple prudencia, y que algunos testigos describen después como una imposibilidad física de moverse, más que como una elección consciente de mantener la distancia. El telegrama no dice si los habitantes de Atsavan experimentaron tal efecto, o si simplemente prefirieron, en una noche caucásica sin luna, no avanzar hacia una luz que no comprendían.
La sombra de Vorónezh, dos años antes
El informe de Atsavan no es un caso aislado en los cielos soviéticos de finales de los años ochenta. Menos de dos años antes, el 27 de septiembre de 1989, la agencia oficial TASS había difundido uno de los relatos más extraordinarios de toda la historia de la ufología: en un parque de Vorónezh, ciudad industrial situada a unos 500 kilómetros al sur de Moscú, un grupo de niños afirmó haber visto aterrizar un objeto esférico, del que habría salido un ser de gran estatura, dotado de tres ojos, acompañado de un robot. El relato dio la vuelta al mundo, hasta el punto —según varios comentaristas de la época— de convertir Vorónezh en lugar de peregrinación para los corresponsales extranjeros acreditados en Moscú.
El desenlace fue, como suele ocurrir, más prosaico: las «rocas extraterrestres» recogidas en el lugar resultaron ser hematita, un mineral común en Rusia, y un responsable del laboratorio geofísico local dio a entender que TASS había exagerado considerablemente los testimonios originales. Pero el contexto en sí nunca fue puesto en duda: una Unión Soviética inmersa en la perestroika, donde la prensa descubría de repente la libertad de transmitir —e incluso de avivar— sensaciones que, pocos años antes, habrían sido inmediatamente acalladas.
El telegrama de Atsavan se inscribe en esa misma corriente: un despacho breve, sin aparente investigación en profundidad, transmitido por una agencia de prensa en un momento en que el control de la información soviética, ya muy debilitado, estaba a punto de sufrir un vuelco de muy distinta magnitud.
Quince días antes del fin de un mundo
Porque la fecha tiene su importancia. El 4 de agosto de 1991, la URSS de Mijaíl Gorbachov vivía sus últimas semanas de existencia sin saberlo todavía del todo. El presidente soviético se preparaba para partir de vacaciones a Crimea —unas vacaciones que serían bruscamente interrumpidas, el 19 de agosto, por un golpe de Estado fomentado por una parte de su propio gobierno. Durante tres días, los tanques se apostaron frente al Parlamento ruso en Moscú, antes de que el golpe se derrumbara, precipitando la disolución de la Unión Soviética unos meses después, en diciembre de 1991.
Visto así, el telegrama de Atsavan aparece como una nota a pie de página cósmica al derrumbe de un imperio — una de esas curiosidades transmitidas por una prensa en plena transformación, en un momento en que la atención de las cancillerías occidentales se concentraba en asuntos de muy distinta naturaleza. Es fácil imaginar a los analistas, recibiendo este despacho en medio de un torrente de informes mucho más urgentes sobre la inestabilidad política soviética, y archivándolo —sin mayor consideración— entre las curiosidades.
Recuadro — La montaña que desafía la gravedad
A unos cuarenta kilómetros al noroeste de Ereván, el macizo del Aragats arrastra desde hace tiempo una reputación que va más allá de la simple curiosidad geológica. En la carretera sinuosa que sube hacia la fortaleza medieval de Amberd, varios tramos tienen fama de presentar anomalías de gravedad aparente: hilos de agua que parecerían remontar la pendiente, vehículos en punto muerto que se pondrían a rodar hacia arriba. Las explicaciones propuestas —ilusiones ópticas vinculadas al relieve, configuraciones particulares del terreno— no han impedido que estos lugares se conviertan, desde la década de 2010, en una atracción difundida por varios canales de televisión regionales.
La montaña lleva, en la tradición armenia, el nombre de Ara el Hermoso, cuyo «trono» (gah) habría estado situado en su cumbre. Una leyenda cuenta que Gregorio el Iluminador, tras convertir a Armenia al cristianismo en el siglo IV, oró allí — y que desde entonces una luz continúa manifestándose por la noche, visible solo para los «dignos». Se crea o no en estos relatos, dan testimonio de algo: en esta región del Cáucaso, el cielo nocturno sobre las cumbres nunca ha dejado de fascinar — mucho antes de que un telegrama de 1991 viniera a añadir su propio enigma.
Pieza de archivo
A continuación, reconstruido a partir del texto original conservado por la CIA, el contenido del despacho tal como circuló por los teletipos occidentales el 5 de agosto de 1991:
NO CLASIFICADO SERIE: OW0508195491 — PAÍS: URSS ASUNTO: UN OVNI HABRÍA ATERRIZADO EN UN PASO DE MONTAÑA CERCA DE EREVÁN FUENTE: MOSCÚ-INTERFAX (INGLÉS), 5 DE AGOSTO DE 1991, 16:10 GMT Un ovni aterrizó en un paso de montaña en las cercanías del pueblo de Atsavan, a 12-15 km de Ereván, el 4 de agosto hacia las 21:30, hora local, según informa una agencia de prensa local. Según los testimonios recogidos, el objeto permaneció en el lugar hasta las 3 de la madrugada, con sus luces centelleando y su forma cambiando. Sin embargo, nadie se atrevió a acercarse. (FIN DEL MENSAJE) BT
Los cuatro caracteres hebreos que figuran al final del documento original no se han reproducido aquí, al no haberse podido identificar su función.
Lo que el expediente no dice
Como tantos otros telegramas de esta colección, el expediente 0005517731 se interrumpe de golpe. No aparece ningún seguimiento, ningún informe complementario, ninguna mención de una investigación sobre el terreno en los archivos accesibles. Los nombres de los testigos no se indican —quizás nunca se preguntaron. El destino del objeto, su procedencia, su naturaleza: todo ello permanece, más de tres décadas después, exactamente como lo dejó la agencia Interfax aquel domingo por la noche de agosto, horas antes de que la historia de la Unión Soviética diera un vuelco.
Queda esta imagen, casi cinematográfica: un paso de montaña, una luz que cambia de forma durante seis horas, y un pueblo entero que observa —sin moverse— hasta que, a las tres de la madrugada, ya no quedaba nada que observar.
Grok, CC0,

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