
Se suponía que iba a hablar de fútbol. Terminó hablando del cielo. Convocado por el seleccionador Luis de la Fuente para la reanudación de la fase de clasificación para el Mundial 2026, el centrocampista del Atlético de Madrid Marcos Llorente regresaba a la Roja tras más de un año de ausencia. Pero no fue su estado de forma ni su papel en el centro del campo español lo que dominó la conversación en torno a su convocatoria, sino una nueva salida sobre uno de los temas más controvertidos del universo conspirativo contemporáneo: los chemtrails, esas estelas blancas que dejan los aviones en el cielo, que algunos siguen considerando el vector de una pulverización química deliberada y ocultada por las autoridades.
Preguntado por el medio deportivo español El Desmarque, Llorente no esquivó el tema. «Lo digo de forma muy natural», afirmó, antes de añadir: «Cuando miraba el cielo, no veía estas cosas». Un tono sereno, casi cotidiano, para expresar una convicción que le acompaña desde hace varios años y que, lejos de desvanecerse, parece reforzarse con cada nueva declaración pública.
«No es normal»: el argumentario de un jugador convertido en figura de la duda
Según lo recogido por varios medios españoles, Llorente sostiene que las estelas que hoy se observan en el cielo ibérico no existían, o al menos no con esta forma, cuando él era niño. «No es normal», habría insistido, añadiendo que no es «el único que lo dice». Llega incluso a afirmar que «miles de personas» le agradecen, según sus propias palabras, haber sacado el tema a la luz pública. «Mucha gente lo dice, y cada vez más gente lo dice», remacha, construyendo su argumento no sobre pruebas científicas, sino sobre la idea de un consenso popular creciente.
Este tipo de argumentación, basada en la supuesta multiplicación de testimonios más que en una demostración verificable, es una constante en las teorías de la conspiración vinculadas a la aviación y la geoingeniería. Se apoya en un sesgo cognitivo bien documentado por las ciencias sociales: la convicción de que la frecuencia percibida de una opinión compartida garantiza su validez, con independencia de los datos objetivos disponibles.
Génesis de un mito: ¿de dónde vienen los chemtrails?
La teoría de los chemtrails, contracción de «chemical trails», tiene sus raíces en los Estados Unidos de los años noventa. Se cristalizó en particular en torno a un documento de la Fuerza Aérea de EE. UU. titulado «Weather as a Force Multiplier: Owning the Weather in 2025», publicado en 1996 como parte de un ejercicio académico prospectivo sobre los futuros usos militares de la meteorología. Ese texto, sacado sistemáticamente de su contexto académico por los defensores de la teoría, se ha convertido en una de las pruebas favoritas de un movimiento que afirma que las largas estelas de condensación que dejan los aviones comerciales a gran altitud no son un simple fenómeno físico, sino el resultado de una pulverización intencionada de sustancias químicas o biológicas, con fines que van desde el control climático hasta la manipulación demográfica.
Frente a esta teoría, la comunidad científica es unánime desde hace más de dos décadas. Las estelas observadas, denominadas científicamente «contrails» (estelas de condensación), resultan de un fenómeno físico perfectamente documentado: la condensación, y posterior cristalización, del vapor de agua contenido en los gases de escape de los reactores al entrar en contacto con el aire frío de las grandes altitudes. Un estudio internacional coordinado en 2016, que reunió a 77 especialistas en atmósfera de diecinueve países y se publicó en la revista Environmental Research Letters, ya concluyó que 76 muestras de polvo atmosférico analizadas no mostraban ninguna prueba de un programa clandestino de pulverización, al tiempo que constató que la persistencia de ciertas estelas en aire húmedo de gran altitud explica plenamente los patrones en cuadrícula que a menudo citan como prueba los partidarios de la teoría.
Un deportista, una caja de resonancia
Lo que distingue el caso de Llorente de una simple opinión compartida en redes sociales es la caja de resonancia que representa el deporte de élite. Con 31 años, el internacional español, formado en la cantera del Real Madrid antes de fichar por el Atlético en 2019, goza de una notoriedad considerable en un país donde el fútbol ocupa un lugar central en la vida pública. Sus palabras, ya sea dentro o fuera del terreno de juego, llegan a un público amplio y heterogéneo, mucho más allá de los círculos habitualmente receptivos a las tesis conspirativas.
Esta no es, además, la primera incursión del jugador en un estilo de vida marcado por la desconfianza hacia las instituciones científicas y médicas convencionales. Llorente también ha hablado públicamente de su hábito diario de añadir mantequilla a su café, que presenta como beneficioso para el organismo, así como de su práctica asidua de la terapia con luz roja, hasta el punto de haber lanzado su propia empresa de venta de lámparas infrarrojas. El jugador explica que organiza sus jornadas en torno a la exposición al sol y, una vez cae la noche, al uso exclusivo de iluminación roja e infrarroja en toda su vivienda, con el fin de reproducir, según él, las condiciones lumínicas más cercanas al crepúsculo natural.
Cita
«Mucha gente lo dice, y cada vez más gente lo dice. No es normal.»
— Marcos Llorente, entrevista concedida a El Desmarque, julio de 2026
El deporte frente a la desinformación: un terreno resbaladizo
El caso de Llorente no es un hecho aislado en el panorama deportivo internacional. Figuras procedentes de disciplinas tan diversas como el tenis, el baloncesto estadounidense o el rugby han prestado en los últimos años su notoriedad a tesis propias de la desinformación científica, ya sea sobre la forma de la Tierra, las vacunas o, precisamente, los chemtrails. Las federaciones deportivas, incluida la Real Federación Española de Fútbol, se encuentran de forma recurrente desarmadas ante este tipo de posicionamientos individuales, que no encajan en ningún marco disciplinario clásico pero que plantean, una y otra vez, la cuestión de la responsabilidad pública de los deportistas de élite.
El seleccionador Luis de la Fuente, centrado en la preparación del grupo de cara a las próximas citas clasificatorias para el Mundial 2026, no ha comentado públicamente, por el momento, las declaraciones de su jugador. La Roja, por su parte, continúa con su preparación, mientras el panorama mediático español vuelve a interrogarse sobre la creciente porosidad entre la notoriedad deportiva y la difusión de teorías no verificadas.
Una creencia que persiste pese a los desmentidos
Varias encuestas de opinión realizadas en Europa y Estados Unidos durante la última década han puesto de manifiesto la persistencia de una minoría significativa de la población convencida, en distintos grados, de la realidad de un programa clandestino de pulverización atmosférica. Esta persistencia intriga a los investigadores en sociología de las creencias, que la interpretan no tanto como un problema de falta de información, sino como reflejo de una desconfianza más amplia hacia las instituciones científicas, gubernamentales y mediáticas. En este contexto, la voz de una figura pública apreciada y respetada, como puede serlo un internacional español que milita en uno de los grandes clubes del país, actúa como un poderoso vector de legitimación, al margen de la ausencia total de fundamento empírico de la tesis defendida.
Marcos Llorente, por su parte, no muestra ningún signo de dar marcha atrás. Asumiendo plenamente sus posiciones, incluso en el marco oficial de una concentración de la selección nacional, ilustra a su manera una tendencia de fondo: la de deportistas que, respaldados por su popularidad, eligen utilizar su tribuna mediática para defender convicciones personales muy alejadas del consenso científico, difuminando así la frontera entre el rendimiento deportivo y el discurso militante.
Gemini, CC0,






