sábado, 24 de enero de 2026

Cuando la memoria sobrevive a una vida: el enigmático caso de Suleyman Andray

Líbano, década de 1960. En un país donde la tradición, la fe y la historia se entrelazan, un niño comenzó a relatar una historia que parecía pertenecer a otro tiempo… y a otra vida. Su nombre era Suleyman Andray, y desde muy temprana edad afirmaba recordar quién había sido antes de nacer.

Suleyman nació en 1954 en el seno de una familia drusa. La fe drusa, derivada del islam pero teológicamente distinta, sostiene una firme creencia en la reencarnación. Según esta doctrina, el alma no desaparece con la muerte, sino que pasa directamente a un nuevo cuerpo. Incluso dentro de este marco cultural y religioso, las afirmaciones de Suleyman destacaban por su precisión y coherencia.

Hacia los cinco o seis años, su familia comenzó a oírlo murmurar nombres desconocidos mientras dormía. Al preguntarle, Suleyman explicaba con total naturalidad que se trataba de los nombres de sus hijos… de una vida anterior. Hablaba de un pueblo llamado Gharife y aseguraba que allí había sido propietario de una prensa de aceite de oliva.

Con el paso del tiempo, los recuerdos no se desvanecieron. A los once años, Suleyman se negó rotundamente a prestar un libro. Su explicación desconcertó a los adultos: decía recordar una norma que se había impuesto en su vida pasada, la de no prestar nunca sus libros. No parecía un capricho infantil, sino un hábito antiguo que seguía vigente.

Un nombre aparecía con insistencia en sus relatos: Abdallah. Suleyman llegó a afirmar que ese había sido su nombre en la vida anterior. Abdallah, decía, había vivido en Gharife y había trabajado como dueño de una prensa de aceite. Los detalles eran demasiado específicos para parecer fruto de la imaginación.

Sin embargo, estas historias tuvieron un precio. Entre los niños de su entorno, Suleyman se convirtió en objeto de burlas. Sus relatos lo hacían parecer extraño, diferente. Poco a poco, el acoso lo llevó al silencio, y decidió dejar de hablar de sus recuerdos.

Todo cambió en 1967, cuando Suleyman visitó Gharife por primera vez en su vida actual. Lo ocurrido allí dejó perplejos tanto a su familia como a los habitantes del pueblo. Los residentes confirmaron que un hombre llamado Abdallah Abu Hamdan había vivido efectivamente en Gharife y que había sido dueño de una prensa de aceite de oliva, tal como el niño había descrito.

Aún más inquietante fue que Suleyman reconoció diversos lugares sin necesidad de guía. Identificó caminos, edificios y puntos de referencia que jamás le habían mostrado. Para los habitantes del pueblo, su familiaridad con el lugar resultaba inexplicable. Para él, en cambio, todo parecía natural.

¿Se trataba de una prueba de la reencarnación? ¿Un fenómeno psicológico influido por creencias culturales? ¿O una compleja combinación de tradición oral, memoria inconsciente e imaginación infantil?

Los investigadores que estudian este tipo de casos, especialmente en los campos de la psicología y la parapsicología, señalan que las regiones donde la reencarnación es socialmente aceptada presentan un número inusualmente alto de testimonios similares. Aun así, los casos con detalles verificables siguen siendo excepcionales.

Suleyman Andray nunca buscó fama ni reconocimiento. Para él, estos recuerdos fueron tanto una carga como un misterio: una vida pasada que se filtraba en la presente, una memoria que se negaba a desaparecer.

En un mundo que considera la muerte como una frontera definitiva, la historia de Suleyman Andray sugiere que, para algunos, esa frontera puede ser más frágil de lo que creemos.

Légende - Photo
Gemini, CC0,
Fuentes
TagsReencarnación, Tanatología
Entrada anterior
Entrada siguiente
Sobre el mismo tema

0 comentarios: